En cierto momento, Manuel Zelaya igual que Napoleón, tuvo que haber considerado que su situación era irremediable y que tarde o temprano tendría que afrontar la realidad ya que su destino dependía de la voluntad de otros.
En el caso de Zelaya la situación se volvió precaria, poco a poco sus aliados comenzaron a distanciarse y quedó comprobado una vez el viejo refrán: “las ratas abandonan al barco cuando se está hundiendo”. Y es que el vendaval se veía venir, aunque Mel y dos o tres de sus aliados insistían en que pronto estarían en Casa Presidencial, para repartir clemencia o refugio jurídico a todos aquellos que cometieron serios delitos – incluyéndose él mismo.
No cabe duda que hubo precipitación al pensar que todo estaba bien planeado. Tomaron riesgos mal calculados y en poco tiempo aprendieron que sus supuestas fortalezas, no eran más que grandes flaquezas.
En este plan maestro estaba la mano de Hugo Chavez, quien logró convencer a Mel que todo estaba en sus manos y que era solo cuestión de tiempo. Nada más tenía que apuntar hacia Venezuela e ilustrar como logró realizar lo que muchos, consideraban una imposibilidad. Esa misma “plantilla” seria utilizada en Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Honduras y los demás países – que al ver el eventual éxito obtenido por el Chavismo – formarían parte de ese su imperio.
Ahora, ese puñado de seguidores que insisten en convencerse que aun no todo está perdido, salen a las calles en donde solo encuentran el rechazo, y hasta la burla de algunos que quizás en un tiempo atrás, andaban en lo mismo, tratando de reclutar incautos a base de sombrerazos.
Mel y sus fracasados tenían todo meticulosamente planeado, así como lo tenía Napoleón en su última campaña contra Rusia, sin embargo, cuando pensó que lo tenía en la palma de su mano, todo se derrumbó. Al ver la derrota que sufrían sus tropas y ordenando su retiro, le cruzó por la mente lo que a todo líder le pasa en un momento similar: “el poder se puede perder en un instante”. En ese momento, dice su famosa frase:
“De lo sublime a lo ridículo, solo hay un paso.”
Roque Morán Hernández